No hay mal que dure mil años ni Dios que lo permita

Alejandra Cardona

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2016 es un año de mucha bendición para Héctor Fión, conocido para muchos como Churicus. Pero las alegrías de las que hoy disfruta estaban muy lejos de su realidad en sus veintes, cuando se debatía entre la vida y la muerte.

A los 15 años le diagnosticaron diabetes. “Me prohibieron todo en cuanto a comida, no podía tomar ni una cerveza justo cuando empezaba a sentir curiosidad por eso”, recuerda. En ese entonces no había tantos avances para tener calidad de vida a pesar de esa enfermedad. Entonces, “hubo momentos en que quería ser buen paciente, y otros en que volvía a la rebeldía”.

De los 15 a los 21 años, Fión tuvo que ser intervenido por catarata en ambos ojos. Pero ese fue “un golpe aún suave”, según sus propias palabras.

De los 21 a los 26 años prefería no asistir a las reuniones con amigos para evitar la tentación de una cerveza o comida que fuera dañina para su organismo. Obtuvo una beca por lo que iba a viajar a Ecuador pero empezó a sufrir fuertes dolores de cabeza que se lo impidieron. El papá de su novia, quien era médico, le recomendó que visitara a un cardiólogo o nefrólogo.

“Fui al cardiólogo y me diagnosticó hipertensión. Luego el nefrólogo me dijo que era insuficiencia renal crónica. Me dieron dos años para vivir con medicamentos y postergar el trasplante de riñón, pero eso iba a llegar tarde o temprano. En todo ese tiempo tuve altas y bajas en mi fe, algunas veces le pedía ayuda a Dios, en otras, le reclamaba”.

La noticia del trasplante de riñón fue como un balde de agua fría. “Pensé que me lo tenía merecido y dije ‘ahora voy a ver cómo salgo de esto’”. Fión quería demostrarle a su mamá que podía seguir adelante con la enfermedad, pues hasta entonces ella había sido la más interesada en cuidar de su salud.

“Me incliné mucho a Dios cuando me dijeron que mejor si el trasplante fuera al día siguiente”. Para que el riñón de un hombre funcione bien, el  nivel normal de creatinina debe estar en 1.3 mg/dL, y el de Fión iba por 4 mg/dL. El médico le indicó que podía mantenerse con medicamento mientras no llegara a 10 mg/dL porque entonces requeriría de hemodiálisis.

Para entonces sufría retención de líquidos, por lo que trabajar resultaba complicado y antes del mediodía debía retirarse de la oficina. “Se me hinchaban las rodillas, tobillos y pies, sentía como si algo se quería salir de mi piel”. Al año y medio el doctor le indicó que su nivel de creatinina estaba en 9 mg/dL, por lo que el trasplante era urgente. Buscó opciones de compatibilidad y uno de sus hermanos resultó ser el donante indicado. Recuerda que su hermano le dijo “no te preocupés, mi riñón es tuyo”. Su hermano tuvo que pedir muchos permisos en el trabajo pero estuvo con él de principio a fin.

El protocolo para dicho trasplante iba a durar un mes, pero gracias a Dios ellos lograron hacerlo en 15 días. A la semana de completar los exámenes requeridos para el trasplante se liberó un espacio para dicha intervención debido a que uno de los pacientes tuvo complicaciones de salud. “Le había dicho a Dios, ‘tómame, y si tengo que irme, me voy, pero dale fuerzas a quienes se quedan. Dime qué quieres de mí, cuál es la misión’, si era dar testimonio, estaba dispuesto”.

Tras tener que internarse de nuevo por algunas recaídas causadas por negligencia médica, defensas bajas e intolerancia a algunos medicamentos, “Churicus” logró recuperarse.

Le había dicho a Dios, ‘tómame, y si tengo que irme, me voy, pero dale fuerzas a quienes se quedan. Dime qué quieres de mí, cuál es la misión’, si era dar testimonio, estaba dispuesto’

NADA ES IMPOSIBLE PARA DIOS

En 2008 el doctor dijo que era necesario hacerle frente al trasplante de páncreas. “Era algo más complicado que no se hace en Guatemala. Tenía que buscar opciones en México, Alemania, Estados Unidos o Colombia”, cuenta.

El doctor tenía un colega brasileño que estaba trabajando en un nuevo programa de trasplantes en el New York-Presbyterian Hospital y a quien esperaba ver en un congreso médico. Sin embargo, el encuentro personal no fue posible pero la comunicación se dio por medio de un correo electrónico, el cual fue respondido de inmediato por el especialista brasileño, incluso en el lapso cuando Fión se encontraba en plena consulta con su médico en Guatemala.

“Yo tenía programado un viaje a Nueva York en Semana Santa de 2009, pero logré cambiar el boleto para esa fecha”, recuerda “Churicus”. El viaje no garantizaba su salud, sino era una primera evaluación para saber si aplicaba o no al trasplante.

La cuestión más crítica aparentemente era el costo de la operación, unos US$125,000. Además, parte del procedimiento implicaba hacer un depósito para ingresar al listado de candidatos al trasplante. “Mi mamá me volteó a ver mostrando su preocupación por no tener el dinero, pero ese fue el momento cuando tuve más fe. Después del trasplante de riñón, dije ‘con esto también voy a poder, y el dinero lo voy a conseguir’”.

Fión empezó a considerar todas las opciones posibles, desde un concierto a su beneficio con la participación de la banda El Tambor de la Tribu, cuyos integrantes han sido sus amigos, hasta la venta de pulseras con el logotipo de Donate Life, institución que vela por la donación de órganos en Estados Unidos. “Nos ayudaron amigos, familiares y amigos de los familiares. Se hicieron rifas, cenas íntimas y otras con más gente hasta que se fue divulgando la causa”, recuerda. Pero lo más sorprendente, “entre tanto milagro, fue cuando mamá me dijo ‘acaba de llamar una persona anónima y nos va a donar el dinero que falta, no importa cuánto. Renunciá a tu trabajo de una vez para planificar todo y viajar”.

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Pero lo más sorprendente, “entre tanto milagro, fue cuando mamá me dijo ‘acaba de llamar una persona anónima y nos va a donar el dinero que falta, no importa cuánto.

MOMENTO PARA FORTALECER LA FE

La noticia del viaje hizo que Héctor Fión sintiera como si el mundo se le cayera encima. “Con lo del riñón no quise enterarme de las probabilidades de éxito, pensé ‘con fe voy y con fe salgo, si me quedo bueno y si no también’, pero en el año posterior  todos decían que era un milagro que estuviera ahí y el trasplante del páncreas significaba un riesgo mayor”.

En esa época la fe de Fión iba creciendo pues en cada situación parecía recibir la intervención divina a su favor. No obstante, hubo momentos cuando necesitaba fortalecerse emocionalmente,  para ello pensaba en cómo quisiera que lo viera su padre, quien años atrás pasó a mejor vida. Y para aumentar la fe “busqué mucho a Dios. Siempre he sido el tipo de persona que habla con él en cualquier momento. En otras ocasiones caminaba hasta 50 cuadras para llegar a St. Patrick’s Cathedral, me quedaba ahí rezando y luego salía con otro aire”.

También las palabras de su mamá lo fortalecían día a día: “Dios no te va a poner nada que no podás soportar y le tenés que demostrar que sí podés porque te eligió a ti para esta prueba”. Y no menos importante era apreciar el amor de la gente que lo rodeaba, así como de pensar de forma positiva “porque todo lo malo siempre tiene algo bueno”, agrega.

Como ejemplo de ello, Fión tuvo la oportunidad de ponerse en contacto con Donate Life, donde participó como voluntario en el área de comunicación social haciendo boletines y captando personas, experiencia que piensa aprovechar en el futuro para replicar en Guatemala. También conoció acerca de los juegos deportivos para personas con trasplantes, y uno de sus sueños es competir en los mismos, ya que siempre ha sido un aficionado al deporte y actualmente practica tenis como uno de sus hobbies.

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NO CAMBIARÍA NADA

“Para mí ha sido la experiencia más grande de mi vida y no la cambiaría por nada. Si me preguntaran si quisiera volver a pasar por todo eso, digo que ‘sí’. Con la rutina diaria uno empieza a olvidar esos momentos cuando me sentía el hombre más maravilloso del mundo, me dedicaba a sobrevivir y Dios era mi jefe. Le preguntaba ‘¿qué hacemos ahora’, y en el momento se me venía una buena idea”.

Después del trasplante de páncreas exitoso, que por cierto duró dos horas y media, la mitad de lo pronosticado por el médico, “Churicus” permaneció un mes y medio en recuperación. Un año después de su regreso, en 2011, se casó con Katia, su novia desde 2003.

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Alejandra Cardona

Editora General de Atrévete

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