Si estás confiando en Dios, ¡confiésalo!

Alejandra Cardona

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“Ñññññ, jjjjj, ppppp… pero ¿por qué?”, esas suelen ser las expresiones más comunes cuando nos pasa algo que consideramos malo. Pero, qué pasaría si en lugar de protestar o preguntarnos ¿por qué a mí?, diéramos gracias a Dios confesando que confiamos en que él está en control, que él nos dará fuerzas para seguir adelante, que él tiene la solución. He comprobado que al tener esa actitud, las cosas mejoran y Dios muestra prontamente su ayuda.

Eso me sucedió justo cuando iba al acto del Día de la Madre, tenía los minutos justos para trasladarme de la zona 1 al final de la Roosevelt (ciudad de Guatemala). Para quienes son madres, saben que es imperdonable no llegar a tiempo al recital de los hijos, en especial si es para halagarnos. Pues antes de emprender el camino me di cuenta que el baúl del carro no abría y era necesario, urgente, sacar algunos objetos de ahí para dejarlos en manos de otra persona. ¿Qué hacía?

Me sugirieron buscar la ayuda de un cerrajero que se encontraba a dos cuadras. Fuimos al lugar y el señor muy diligente ofreció hacer el trabajo en 15 minutos. En ese momento no tenía muchas opciones, así que con mi esposo aceptamos la ayuda. Pero la tarea no resultó fácil. El señor de la tercera edad, junto con su hijo pre-adolescente, tuvieron que desarmar el sillón de atrás y los minutos corrían velozmente. Teóricamente es imposible que algunas veces los minutos corran y que otras caminen a paso de tortuga, pero todos hemos sentido como eso sucede algunas veces.

En esas circunstancias decidí hablar con Dios. Le dije “sé que tú estás en control, te agradezco por esta situación sé que me estás librando de algo, me vas a ayudar, bendice el negocio de este señor esforzado, bendice la vida de este niño y prospéralos. Confío en ti, sé que me vas a permitir llegar a tiempo al acto de mi hija”. Si bien se pudieron rescatar los objetos que me interesaban, el baúl no se pudo abrir porque hubiera requerido por lo menos de una hora más de trabajo. Recuerdo que mi esposo me dijo “hoy estuviste diferente” y es que en verdad tenía paz en mi corazón y no había querido ver el reloj, pues mientras no vemos nuestras circunstancias y nos mantenemos firmes en la fe es más fácil llevar los problemas.

orar en el carro

Pero cuando iba por la calle Martí, rodeada de carros que no me permitían moverme hacia adelante ni para atrás, a derecha ni a izquierda, no pude evitar darme cuenta que faltaban 10 minutos para que empezara la actividad. Sentí ganas de llorar y volví a hablar con Dios: “Señor, tú conoces el corazón de mi hija, sabes que yo no lo quiero lastimar llegando tarde, tú eres Dios poderoso y prometes ayudarnos, yo confío en ti, haz un milagro por favor, que se retrasen media hora y su grupo sea el último en pasar”. Siempre cometemos el error de creer que sabemos cuáles son las soluciones y hasta nos atrevemos a sugerirle a Dios cómo hacer para lograr aquello que queremos, pero él es Dios y su sabiduría es superior a la nuestra.

Seguí con idea de confiar, no quería que mis pensamientos me traicionaran, y las calles se empezaron a liberar, avanzaba y avanzaba; era como conducir por un paso a desnivel invisible, podía ver los carros, extrañamente no eran tantos, pero ninguno se atravesaba en mi camino y yo seguía directo a la meta. Mi corazón empezó a llenarse de gozo y cuando llegué al lugar quería llorar de alegría. Solo habían pasado 10 minutos de la hora en que nos citaron y mi hija aún no estaba en el escenario.

“Bienaventurado el hombre que puso en Jehová su confianza, y no mira a los soberbios, ni a los que se desvían tras la mentira”, Salmo 40, 4.

Jamás he podido hacer ese recorrido en 20 minutos con una velocidad normal en un día entre semana. ¡Es imposible!, pero no para Dios. Y eso no fue todo, al acercarme al auditorio, todos los lugares estaban ocupados al lado izquierdo, pero mis ojos dieron con un asiento al otro extremo, justo al frente del escenario, donde pude apreciar en primera fila la actuación de mi pequeña. Estoy segura de que ni teniendo a toda la policía de tránsito de mi lado hubiera llegado en ese tiempo, ni habiendo pedido que me apartaran asiento hubiera quedado en tan buen lugar.

La lección está clara: no más quejas, confiemos, creamos y declaremos que él está en control. Decir que creemos y luego quejarnos, no es confiar 😉

 

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Alejandra Cardona

Editora General de Atrévete

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